Internacional
Unos comicios legislativos anticipados marcados por la fuerte abstención, menos del 9% de los electores ejercieron el derecho al voto, y una oposición unida en el llamado al boicot. Túnez vivió este sábado un pulso anticipado a su sistema democrático, cuyo fin sería afianzar el Gobierno del presidente Kaïs Said, pero que demuestra un quiebre marcado por las nuevas reglas electorales y constitucionales.
Una participación electoral inferior a la tasa de inflación récord que golpea a Túnez, del 9,8%. Este es el reflejo de los polémicos comicios parlamentarios que se han llevado a cabo este sábado en el país norteafricano, con solo un 8,8% de los apenas nueve millones de electores ejerciendo su derecho al voto. Uno de los síntomas de la desilusión con la política de una gran parte de los tunecinos, que no ven cómo estas elecciones podrían sacar a la nación de la crisis económica en la que está sumida.
Un pulso democrático cuyo fin es afianzar el Gobierno del presidente Kaïs Said, pero cuya realidad es un fuerte abstencionismo. «Este presidente nos ha decepcionado y nos arrastra hacia el abismo», señalaba un tunecino que no ejerció el voto en estas elecciones legislativas. Incluso la relevante federación sindical UGTT ha dicho que la votación carece de sentido.
«Queremos ver una mejora en nuestro país, especialmente en términos de derechos económicos y sociales. Eso es lo que pedimos. No nos importa qué candidato gane”, dijo a la agencia AFP Mongi Zied, jubilado de 67 años. La gran mayoría de tunecinos, por el contrario, ni siquiera acudieron a las urnas, demostrando así el descontento con el Ejecutivo, fuertemente criticado por la oposición tunecina, quienes pidieron el boicot al escrutinio, acusándolo de ser una “farsa”. “Nos han utilizado como ratas de laboratorio para todo tipo de elecciones mientras la economía empeora cada vez más», criticaba Mohammed Jraidi.
Unos comicios anticipados acusados de «farsa»
Túnez es el único país cuya democracia todavía resiste casi doce años después de las Primaveras Árabes de 2011, pero cuyas grietas –debido a las crisis sociales y económicas, agravadas con la pandemia del Covid-19– están haciendo mella en el que era el sistema político más estable fruto del masivo levantamiento social que inició en Túnez y que acabó con el derrocamiento del entonces dictador Zine el-Abidine Ben Ali. Precisamente, este 17 de diciembre coincide con el doceavo aniversario de la muerte de Mohammed Bouazizi, un joven vendedor ambulante, que se prendió fuego en la vía pública a modo de protesta dando inicio a la revolución que se extendió desde Túnez, Libia, Egipto hasta Siria o Yemen.
Una coincidencia simbólica para algunos, pero que también demuestra que las crisis no resueltas del país podrían dar pie a otro levantamiento social y hacen tambalear su democracia. Para evitar esto, Said pidió a la ciudadanía su confianza en un llamado a votar para elegir a los miembros de la Asamblea de Representación del Pueblo, con 1.058 candidatos, solo 120 mujeres, compitiendo por 161 escaños parlamentarios.
«Si Dios quiere, crearemos una nueva historia para Túnez. Si Dios quiere, crearemos una nueva historia en la que todos los tunecinos y tunecinas puedan vivir libremente, en la que cada uno de nosotros encuentre su derecho en su patria, encuentre su derecho a la educación, la sanidad, el transporte y la seguridad social”, dijo el mandatario a primera hora de la mañana desde su centro de votación un suburbio al norte de Túnez.
Muchos tunecinos, especialmente de las regiones más rurales y abandonadas del país de poco más de 12 millones de habitantes, alegan estar cansados de los procesos electorales que no resuelven su situación de precariedad ni el estancamiento económico ni la carestía de la canasta básica. El actual mandatario, un exprofesor de derecho, llegó al poder izando la bandera de lucha contra la corrupción endémica en el sistema democrático tunecino posterior al fin de la era “Ben Ali”.

































































